No todo lo que nos destruye se presenta con aspecto de destrucción.
A veces llega disfrazado de responsabilidad. Otras veces adopta el nombre de prudencia, lealtad, paciencia, sacrificio o compromiso. Incluso puede parecer una virtud durante años. Seguimos sosteniendo una situación porque creemos que es lo correcto, permanecemos al lado de alguien porque pensamos que marcharnos sería una traición y continuamos trabajando de una determinada manera porque todos esperan que sepamos resolverlo todo.
Hasta que un día descubrimos que aquello que creíamos estar sosteniendo nos estaba consumiendo.
Y lo más desconcertante no es solo el desgaste, sino la inercia: el hecho de haber seguido ahí incluso cuando ya había señales suficientes para irse.
Entonces aparece una pregunta difícil de responder: si las personas deseamos vivir mejor, ¿por qué repetimos comportamientos cuyo desenlace conocemos?, ¿por qué regresamos mentalmente a quienes nos decepcionaron?, ¿por qué mantenemos relaciones, rutinas o formas de vida que nos desgastan?, ¿por qué nos cuesta tanto abandonar aquello que, en teoría, queremos dejar atrás?
Sigmund Freud intentó responder a estas preguntas mediante una de sus ideas más controvertidas: la pulsión de muerte.
Freud y la repetición del sufrimiento
Antes de formular la pulsión de muerte, Freud ya había observado algo desconcertante durante el tratamiento de sus pacientes: muchas personas no se limitaban a recordar sus conflictos, sino que los repetían.
Reproducían antiguas relaciones en sus vínculos actuales. Volvían a colocarse en situaciones parecidas. Elegían personas distintas con las que terminaban viviendo prácticamente la misma historia. Aquello que no podía recordarse, comprenderse o elaborarse aparecía nuevamente convertido en conducta.
Y lo más inquietante es que, en muchos casos, esa repetición no era consciente ni buscada. No había una decisión clara de "volver a sufrir", sino una especie de guion interno que se activaba una y otra vez.
Tras la Primera Guerra Mundial, la cuestión adquirió una dimensión todavía más inquietante. Algunos soldados traumatizados revivían en sueños las escenas que más dolor les habían causado. Si nuestra mente estuviera gobernada únicamente por la búsqueda del placer y la evitación del sufrimiento, ¿por qué reproducir una y otra vez algo insoportable?
En 1920, Freud publicó Más allá del principio del placer. Allí desarrolló la idea de una "compulsión a la repetición": una tendencia a reproducir experiencias dolorosas que parecía imponerse incluso cuando no existía ninguna satisfacción evidente.
Freud llegó a describir personas cuyas amistades terminaban siempre en traición, benefactores que acababan siendo abandonados por quienes habían ayudado o relaciones amorosas que recorrían una y otra vez las mismas fases. Aquellas personas podían sentir que eran víctimas de un destino maligno, pero Freud sospechaba que parte de ese destino estaba siendo reconstruido inconscientemente por ellas mismas.
A partir de esa observación formuló una hipótesis mucho más ambiciosa: junto a las fuerzas que unen, conservan y desarrollan la vida, podría existir otra tendencia orientada hacia la reducción, la desintegración y el retorno a un estado anterior. Esa fuerza sería lo que posteriormente conoceríamos como pulsión de muerte.
Era una idea atrevida. También profundamente especulativa.
El propio Freud advirtió que estaba alejándose de la observación empírica y entrando en un terreno donde parte del razonamiento podía resultar excesivamente aventurado. La pulsión de muerte nunca quedó demostrada como si se tratara de una ley biológica. Continúa siendo una hipótesis discutida, reinterpretada y rechazada por numerosos autores. La psicología contemporánea puede explicar muchas repeticiones destructivas mediante el trauma, el aprendizaje, los hábitos, el apego, la regulación emocional o las experiencias tempranas, sin necesidad de aceptar la existencia literal de una fuerza interior orientada hacia la muerte.
Sin embargo, una teoría puede no ser científicamente concluyente y seguir conteniendo una metáfora capaz de iluminar determinados rincones de nuestra experiencia.
Y quizá sea ahí donde esta idea conserva toda su fuerza.
No siempre significa querer morir
He aquí una malinterpretación que ha de quedar manifiesta en el presente artículo. Cuando hablamos de pulsión de muerte, es fácil imaginar algo extremo: un deseo consciente de desaparecer, destruirse o hacerse daño. Pero esa interpretación resulta demasiado simple y puede llevarnos a conclusiones equivocadas.
La pulsión de muerte, entendida como una metáfora de la vida cotidiana, puede manifestarse de una manera mucho más silenciosa. En muchísimos casos se trata de un deseo del sujeto de "no sentir", y ello no tiene porqué estar ligado al deseo de muerte. Creo que todos en algún momento hemos necesitado esos momentos de "no sentir", y de hecho considero que son incluso necesarios y pueden ser herramientas eficaces a la hora de volver a estados de ánimo mucho más alegres, y supuestamente inherentes a la condición humana.
Puede aparecer cuando permanecemos en una relación sostenida únicamente por el resentimiento. Cuando convertimos una decepción en el centro de nuestra identidad. Cuando trabajamos hasta agotarnos porque necesitamos demostrar que seguimos siendo imprescindibles. Cuando rechazamos una oportunidad porque fracasar confirmaría nuestros temores, pero triunfar nos obligaría a convertirnos en alguien diferente. Cuando elegimos una y otra vez a personas incapaces de ofrecernos lo que necesitamos y después interpretamos su comportamiento como una nueva prueba de que nadie es digno de confianza.
No siempre buscamos el sufrimiento. A menudo buscamos algo conocido.
Y lo conocido, incluso cuando duele, puede parecer más seguro que aquello que todavía no sabemos habitar.
Esta es una de las paradojas más difíciles de aceptar: algunas personas no permanecen en situaciones dolorosas porque disfruten de ellas, sino porque esas situaciones encajan con la imagen que han construido de sí mismas. El dolor conocido tiene reglas. La libertad, en cambio, obliga a improvisar.
Cambiar significa renunciar a una identidad. Dejar de ser quien aguanta, quien rescata, quien siempre puede con todo, quien nunca abandona o quien necesita demostrar permanentemente su valor. Y aunque esa identidad nos esté destruyendo, continúa proporcionándonos una forma de reconocernos. Este cambio renunciando a la identidad propia no ha de entenderse como un cambio perdurable en el tiempo; más bien pudiera en muchas ocasiones servir de herramienta que sirva para volver al estado anímico que entendemos como "normal".
A veces incluso una forma de coherencia: "esto soy yo, aunque me haga daño". Puede ser tremendamente revelador. Esta afirmación sobre uno mismo puede, quizás, tener la llave del auténtico bienestar.
Quizá por eso algunas heridas se resisten tanto a cerrarse. Sin ellas tendríamos que responder a una pregunta que puede dar más miedo que el propio sufrimiento:
¿Quién soy cuando ya no necesito defenderme de aquello que ocurrió?
Cuando la decepción ocupa toda la habitación
Hay heridas que no proceden de desconocidos, sino de personas de las que esperábamos lealtad, gratitud, buena fe o una mínima correspondencia con la confianza que habíamos depositado en ellas.
Esas decepciones tienen una particularidad: no solo modifican el presente. También obligan a revisar el pasado.
Uno vuelve mentalmente a conversaciones antiguas, interpreta gestos que en su momento pasaron inadvertidos y se pregunta si la relación que creía haber vivido existió alguna vez de la manera en que la recuerda. Es como si alguien cambiara de pronto la iluminación de una habitación conocida y todos sus objetos comenzaran a proyectar sombras diferentes.
Entonces aparece la repetición.
Repasamos una conversación buscando una frase que se nos escapó. Reconstruimos una situación imaginando lo que deberíamos haber respondido. Ensayamos mentalmente explicaciones que nunca recibiremos. Cada vuelta parece prometer una comprensión definitiva, pero casi siempre nos deja en el mismo lugar.
La mente intenta resolver el pasado como si todavía fuera modificable.
Y mientras lo intenta, puede terminar otorgando a quien nos decepcionó una presencia mucho mayor que la que merece. La persona quizá ya no esté, pero continúa ocupando una habitación interior. Le hemos entregado una llave y, sin darnos cuenta, seguimos pagando nosotros el alquiler, ¡y a qué precio!
Lo más injusto es que las decepciones suelen hacer mucho más ruido que la fidelidad cotidiana de quienes permanecen. Las personas leales no irrumpen. No necesitan demostrar cada mañana que siguen ahí. Su presencia se integra en nuestra vida con tanta naturalidad que corremos el peligro de considerarla inagotable.
La decepción, en cambio, rompe algo.
Y todo lo que se rompe reclama inmediatamente nuestra atención.
Tal vez por eso nuestra balanza emocional no siempre se inclina hacia aquello que contiene más peso, sino hacia lo que cayó sobre ella con mayor violencia.
La vida que construimos y la vida que elegimos
Existe otra forma de repetición menos visible: avanzar durante años por un camino que nunca llegamos a elegir del todo.
Hay personas que crecieron con un plano bajo el brazo, aunque no lo hubieran dibujado. Aprendieron pronto qué se esperaba de ellas, qué profesión debían ejercer, qué responsabilidades tenían que asumir y qué versión de sí mismas recibiría el reconocimiento de los demás.
A veces esas expectativas procedían del amor. Pero las cargas impuestas con afecto siguen siendo cargas, aunque tardemos mucho más en atrevernos a llamarlas así.
Uno puede recorrer ese camino correctamente. Puede destacar, obtener reconocimiento y experimentar la satisfacción legítima de hacer bien su trabajo. Pero también puede llegar a ser excelente en una vida y continuar preguntándose si esa vida era verdaderamente la suya.
El éxito no siempre resuelve la pregunta por la vocación. En ocasiones solo consigue aplazarla.
Y lo aplazado no desaparece: se acumula.
Cuando finalmente intentamos recuperar una parte abandonada de nosotros mismos, podemos hacerlo con desesperación. Queremos compensar de golpe los años perdidos. Buscamos en una actividad, una relación o una nueva identidad la intensidad que ya no encontramos en la vida habitual.
Y una huida puede parecer libertad si tiene una banda sonora suficientemente buena.
El problema aparece cuando aquello que utilizamos para escapar comienza a decidir quién regresa después a casa.
La soledad que protege y la que devora
En determinados momentos, la soledad puede convertirse en un refugio legítimo. Cuando cada conversación parece exigir una energía que ya no se recupera con facilidad, el silencio ofrece descanso. Una habitación vacía no pide explicaciones, no reclama respuestas y no obliga a fingir que cada gesto cuesta menos de lo que realmente cuesta.
Pero incluso los refugios deben tener puertas.
La soledad puede protegernos del ruido mientras recuperamos fuerzas, pero también puede transformarse lentamente en el lugar desde el que justificamos nuestra retirada del mundo. Podemos convencernos de que no necesitamos a nadie cuando, en realidad, lo que tememos es volver a ser decepcionados.
El aislamiento evita nuevas heridas, pero también impide nuevas experiencias.
Y la pulsión de muerte, entendida de esta manera simbólica, quizá no consista en desear dejar de existir, sino en ir reduciendo poco a poco nuestra participación en la existencia. Dejar de llamar. Dejar de crear. Dejar de confiar. Dejar de esperar. Dejar de exponernos a cualquier cosa que pueda doler, aunque para ello tengamos que renunciar también a todo aquello que podría devolvernos una parte de la vida.
No hay que confundir, sin embargo, una reflexión filosófica con un diagnóstico. La depresión no es simplemente falta de voluntad ni puede explicarse únicamente mediante la idea freudiana de la pulsión de muerte. Cuando la pérdida de interés, el agotamiento, la desesperanza o la dificultad para funcionar permanecen en el tiempo, merecen atención profesional. Pedir ayuda no invalida la reflexión personal; puede ser precisamente la decisión que impida que la oscuridad continúe avanzando por dentro de las paredes.
Interrogar la repetición
No sé si la pulsión de muerte existe exactamente como Freud la imaginó. Tampoco necesito aceptar toda su teoría para reconocer la pregunta que contiene.
¿Por qué volvemos a lo que nos hiere?
Tal vez el primer paso no sea combatir esa fuerza, sino reconocer las formas que adopta. Preguntarnos qué situación estamos repitiendo, qué explicación honorable utilizamos para mantenerla y qué parte de nuestra identidad depende de que nada cambie.
También puede ser útil preguntarnos qué obtenemos de aquello que nos hace daño.
La respuesta no suele ser placer. Puede ser seguridad, familiaridad, evitar un conflicto, no decepcionar a alguien, conservar una imagen de nosotros mismos o seguir sintiéndonos necesarios. Todo comportamiento persistente cumple alguna función, aunque el precio que paguemos haya terminado siendo desproporcionado.
Después llega una pregunta todavía más incómoda:
¿Qué tendría que hacer hoy si dejara de esperar que el pasado fuera diferente?
Quizá no podamos transformar de inmediato nuestra vida. Pero podemos interrumpir una repetición concreta. No responder impulsivamente. No volver a abrir una conversación que solo alimenta el resentimiento. Pedir ayuda. Descansar sin convertir el descanso en retirada definitiva. Reconocer a quienes permanecen. Recuperar una actividad que no sirve para demostrar nada. Poner un límite pequeño allí donde siempre hemos ofrecido una disponibilidad ilimitada.
La pulsión de vida tampoco tiene por qué manifestarse mediante grandes gestos.
A veces consiste simplemente en ducharse, abrir una ventana, contestar a una persona querida, salir a caminar, volver a tocar un instrumento o permitir que alguien nos acompañe sin exigirnos una explicación perfecta.
Desde el lugar incómodo
Tengo previsto ampliar estas reflexiones en un libro. No para demostrar que Freud tenía razón ni para presentar una nueva teoría psicológica, sino para intentar comprender por qué determinadas heridas adquieren más fuerza que los afectos que permanecen y por qué podemos aprender a convivir con el dolor hasta confundirlo con nuestra identidad.
Será un libro escrito desde un lugar incómodo.
Desde la experiencia de comprobar que uno puede tener cosas valiosas y, sin embargo, sentir que el mundo transmite desde una frecuencia que ya no consigue sintonizar. Desde la necesidad de entender por qué algunas decepciones ocupan tanto espacio. Desde la soledad que unas veces protege y otras amenaza con cerrar todas las puertas.
Pero este artículo no pretende anticipar ese libro ni resolver preguntas que probablemente necesiten muchas más páginas.
Su intención es más modesta.
Si alguien reconoce aquí una repetición propia, quizá pueda detenerse antes de recorrer otra vez el mismo camino. Si alguien comprende que su cansancio no es una falta moral, tal vez deje de tratarse con tanta dureza. Si alguna persona descubre que una herida forma parte de su historia, pero no tiene por qué convertirse en toda su identidad, estas palabras habrán servido para algo.
Con una sola persona me conformo.
Porque una fuerza oscura pierde parte de su poder cuando conseguimos nombrarla. Y quizá no podamos evitar que exista, pero sí aprender a reconocer cuándo comienza a hablar en nuestro nombre.
Una herramienta puede ayudarnos a ordenar el mapa.
El camino, sin embargo, tendremos que recorrerlo nosotros.
Nota editorial y lecturas relacionadas
Este artículo es una reflexión personal e interpretativa sobre una hipótesis histórica del psicoanálisis. No constituye asesoramiento psicológico ni sustituye la ayuda de un profesional de la salud mental. Si estás atravesando un momento difícil, hablar con un especialista puede ser el primer paso para interrumpir la repetición.
Si esta reflexión te ha interesado, quizá también quieras leer Sísifo y la eterna repetición: el mito que explica por qué repetimos, Estoicismo en el siglo XXI: serenidad ante lo que no controlamos y Carl Jung y la inteligencia artificial: el inconsciente que nos habita.
